Pregúntale a alguien que trabaja en una nave de Hermosillo en julio qué es lo peor de su equipo. Muchos no te hablarán del casco ni de los guantes. Te hablarán de los pies: sudor, ampollas y zapatos mojados desde media mañana.
El calor no es pretexto para dejar el calzado de seguridad. Pero sí es una buena razón para elegirlo con más cuidado. Aquí te explicamos cómo hacerlo sin perder la protección que pide la NOM-113-STPS-2009.
Por qué el calor también es un riesgo
Un pie que suda mucho se mueve dentro del zapato. Ese roce causa ampollas. Luego llegan la cojera, el cansancio y las ganas de aflojar las agujetas.
Además, el cansancio baja la atención. Y con menos atención es más fácil tropezar o no ver un objeto en el piso.
Incluso, algunos pisan el talón del zapato para usarlo como chancla. Así, la puntera ya no queda en su lugar y el tobillo queda suelto. El zapato sigue puesto, pero protege menos.
Lo que dice la norma, en una frase
La NOM-017-STPS-2008 lo dice muy claro en su numeral 5.7. Ahí pide al patrón lo siguiente:
“Supervisar que durante la jornada de trabajo, los trabajadores utilicen el equipo de protección personal proporcionado”.
Fíjate en una palabra: jornada. No dice “al inicio del turno” ni “cuando llegue la auditoría”. En cambio, dice toda la jornada. Así que si el calzado es tan caluroso que la gente se lo quita a las dos horas, esa regla no se cumple.
Además, la misma norma pide que el equipo vaya de acuerdo con las características físicas de cada trabajador. Un zapato que hace sudar de más y causa ampollas no le queda bien a nadie.

Qué buscar en un calzado fresco
Primero, separa dos ideas. Ligero y fresco no quiere decir menos seguro. La protección la indican las letras del marcado, como PP o RP, no el aspecto del zapato. Con eso claro, fíjate en esto:
- Malla transpirable. Deja pasar el aire y ayuda a que el sudor se seque.
- Plantilla de Kevlar. Es flexible y no guarda el calor como una lámina de metal.
- Poco peso. Cada gramo de más se carga miles de pasos al día.
- Plantilla que absorba humedad. Si se puede sacar, mejor, porque la pones a secar al final del turno.
Por eso en almacenes y plantas con poca ventilación, muchas empresas cambian la bota por tenis de seguridad con malla, casquillo y plantilla antiperforación. La gente los acepta mejor y los usa bien puestos.
¿Malla o piel?
La malla es fresca, pero no sirve para todo. Donde hay químicos, aceite caliente o chispas de soldadura, conviene la piel u otro material resistente. Esa decisión depende del análisis de riesgos del puesto.
En obra a cielo abierto, con sol, escombro y lodo, las botas de seguridad siguen siendo la mejor opción. En ese caso, busca modelos con forro transpirable. Y si puedes, alterna dos pares para que cada uno se seque bien.
Hábitos que ayudan más que el propio zapato
- Calcetines adecuados. Las mezclas que sacan la humedad secan mejor que el algodón puro.
- Cambio de calcetines a media jornada. Parece exagerado, pero un par seco a la hora de comer cambia la tarde.
- Secar el calzado a la sombra. Saca la plantilla y deja el par en un lugar con aire. El sol directo daña la piel y el pegamento.
- Probarse el calzado por la tarde. Con el calor, el pie se hincha. Una talla que queda bien en la mañana puede apretar en la tarde.
Si alternas entre interiores y exteriores, busca zapatos de trabajo hombre de caña media con malla. El tobillo queda sujeto, el pie respira y pesan menos que una bota.
Cuándo ya no es culpa del zapato
A veces cambias de calzado y de hábitos, y siguen las molestias. Por ejemplo, comezón entre los dedos, grietas en la piel o un olor que no se va. En ese caso, ve al médico de la empresa o a un especialista. Los hongos son comunes con el calor y tienen tratamiento. Pero no se quitan con un zapato nuevo.
El calor no va a cambiar. Lo que sí puedes elegir es un par que cumpla la norma y que aguantes hasta el final del turno. Esa es la combinación que de verdad protege.